Apología de la Amistad

Hoy que la individualidad la venden como la tierra prometida, la cura de todos los males, y la satisfacción del propio deseo es acaso la única motivación de la vida, su única razón, hagamos una apología de la Amistad. Digo hagámosla hoy porque la mente funciona un poco así: con el calendario imponiéndole agenda. Seamos trillados y aclaremos que la apología debiera ser todos los días. Trillado, sí, pero no menos cierto.

Hagamos una apología de la Amistad, digo, de ese sustantivo que se replica en verbos, que desinteresadamente o no, nos vuelve solidarios con el otro, desenfoca el yo, y hace parir de los labios esa palabra tan bonita que es el “nosotros”. Hoy, que todo vuelve a encaminarse a lo peor de las personas, que la sociedad se cae a pedazos y vivimos anestesiados viendo todo tras los cristales, que andamos demasiado preocupados por ser (cuando ya somos) volvamos la vista, el abrazo, la palabra y los ojos hacia aquellos que han dejado enclaves en nuestro corazón, que nos enseñaron a ser mejores personas, que nos reciben y recibimos siempre con un abrazo. Aquellos que pasados los años siguen ahí, y con los que -a pesar de las canas, de los achaques- cada vez que nos juntamos volvemos a ser un poco aquellos de siempre, porque caen las máscaras de vivir la cotidiana vida, porque con ellos no hacen falta, porque nos aceptamos tal como somos y porque además es inútil engañarlos.

Hagamos una apología de la Amistad: hoy, mañana, siempre. Se vienen tiempos duros, tan duros quizá como los que vivieron nuestros abuelos y que nosotros, parte de estas generaciones burguesas de la larga posguerra ni siquiera imaginamos. Hagamos una apología de la Amistad, que significa ser solidarios, humildes, genuinos, generosos, cada día de nuestras vidas, mientras estemos aquí. Y encontrémonos siempre, que los bits no reemplazan ni reemplazarán el abrazo, la risa compartida. Porque, a pesar de todo, lo esencial sigue siendo lo humano y no hay vigilancia cibernética que pueda decodificar esos sobreentendidos sin palabras que se da cuando los amigos se miran a los ojos.

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Autor: Mariano

Bibliotecario por adopción, escritor por inquietud, argentino por azar, pero sobre todo humano. En actitud de búsqueda, pero sin plantearme mucho qué estoy buscando.

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