Perdón

¿Con qué cara un día aparezco y te pido perdón?
Como resuelvo el hechizo malvado
de
haberme encerrado tras mi boca,
ignorándote, intentando odiarte

[pero sin lograrlo.

Cómo.
si fui yo quien
clausuró las ventanas,
el que echó fuego en el sendero que construimos juntos,
el que se dejó llevar por la solitaria tormenta
de voces como juicios,

[pesada tormenta de historias no mías
[de cartas no enviadas
[de rencor, auto infligido. Cómo.

El viento ha dejado
una ausencia
[en medio de la calma,
todo está teñido de ruina y silencio
solo el invierno y el futuro
transitan
el patio que una vez fue nuestro
esa extensión
de tierra fraterna
donde todos crecimos
pero no moriremos.

¿Cómo es posible que un pájaro se pierda?

Un pájaro tiene todo el cielo, toda la tierra.
Solo le bastan un salto,
un rumor de alas contra el aire
para lograr que la ciudad se vuelva
nada,
se reduzca
a meros puntos móviles,
píxeles,
simples notas.

Para los pájaros
también para los gatos
y las hojas del otoño

no existen
la propiedad privada, los planos catastrales,
la totémica cualidad de las medianeras.

Todos los patios y todas las horas son suyos. Reinan
sobre balcones y terrazas,
igual que el sol y la niebla, o a veces el viento…

¿Cómo es posible que un pájaro se pierda?
Si no tiene destino,
si no está obligado
a llegar a ningún sitio…

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Dibujo de Mehrdad Zaeri

Apología de la Amistad

Hoy que la individualidad la venden como la tierra prometida, la cura de todos los males, y la satisfacción del propio deseo es acaso la única motivación de la vida, su única razón, hagamos una apología de la Amistad. Digo hagámosla hoy porque la mente funciona un poco así: con el calendario imponiéndole agenda. Seamos trillados y aclaremos que la apología debiera ser todos los días. Trillado, sí, pero no menos cierto.

Hagamos una apología de la Amistad, digo, de ese sustantivo que se replica en verbos, que desinteresadamente o no, nos vuelve solidarios con el otro, desenfoca el yo, y hace parir de los labios esa palabra tan bonita que es el “nosotros”. Hoy, que todo vuelve a encaminarse a lo peor de las personas, que la sociedad se cae a pedazos y vivimos anestesiados viendo todo tras los cristales, que andamos demasiado preocupados por ser (cuando ya somos) volvamos la vista, el abrazo, la palabra y los ojos hacia aquellos que han dejado enclaves en nuestro corazón, que nos enseñaron a ser mejores personas, que nos reciben y recibimos siempre con un abrazo. Aquellos que pasados los años siguen ahí, y con los que -a pesar de las canas, de los achaques- cada vez que nos juntamos volvemos a ser un poco aquellos de siempre, porque caen las máscaras de vivir la cotidiana vida, porque con ellos no hacen falta, porque nos aceptamos tal como somos y porque además es inútil engañarlos.

Hagamos una apología de la Amistad: hoy, mañana, siempre. Se vienen tiempos duros, tan duros quizá como los que vivieron nuestros abuelos y que nosotros, parte de estas generaciones burguesas de la larga posguerra ni siquiera imaginamos. Hagamos una apología de la Amistad, que significa ser solidarios, humildes, genuinos, generosos, cada día de nuestras vidas, mientras estemos aquí. Y encontrémonos siempre, que los bits no reemplazan ni reemplazarán el abrazo, la risa compartida. Porque, a pesar de todo, lo esencial sigue siendo lo humano y no hay vigilancia cibernética que pueda decodificar esos sobreentendidos sin palabras que se da cuando los amigos se miran a los ojos.

Presente

Hay que vivir siempre conscientes, atentos al enorme privilegio que tenemos de estar vivos. No cerrar nunca los ojos, no quedarnos en el pasado para que no pase de largo el presente.
Enorme misterio la vida ¿Qué es?¿Qué función cumplimos?¿Debemos cumplir alguna? Sea cual sea la respuesta (si es que la hay) debemos encarar cada día con alegría: estamos vivos, estamos juntos, pensemos en lo enorme del universo, todos los procesos que debieron darse para que estemos aquí, para estar reunidos con nuestros afectos. Si tenemos esto presente jamás la vida nos parecerá aburrida o terrible.

Familiar

Desde la ventana de esta centuria miro las pretéritas hojas del calendario y busco, entre los intersticios, las pistas que me permitan rehacer la huella que la hierba ya borró. “Qué ha sido de mi familia”, me digo: así, entonando débilmente el signo de pregunta, casi con timidez. “Nos hemos perdido”, respondo y agrego: “o acaso mudado a distancias inconcebibles para el mundo físico”. Desde allí nos miramos; mudos, extraños, cerciorándonos si aquel que vemos lejos es el mismo de las fotos que guardamos. Las fotos… esos artefactos del tiempo que han perdurado y envejecido mejor que los sentimientos, mejor que la voz del amor hoy mudo.

¿Habrá modo de recuperar los hilos que nos comunicaban?¿Rehacer el abracadabra que atraiga bandadas de abrazos desde el horizonte?¿Hay forma de curar el sendero de veneno que dejó tras de sí la palabra no dicha, el juicio sin proceso, el impío auto engaño del monopolio de la verdad?¿Podremos superar las ausencias absolutas de los que nos fundaron?¿Podremos retomar sus banderas?

Siento una pena enorme y una gran soledad. Vi derramarse lentamente a mi familia como la arena desde la cuenca rota de un antiguo reloj. Hoy, apenas somos unos sobrevivientes, unos obreros que bajaron de Babel con las lenguas cambiadas, llenos de silencio, apabullados por no saber cómo decirse todo lo que la boca esconde.

Hipocresía

Con una triste cadencia, calculo que diaria, nos enteramos de atentados en Oriente Medio donde mueren treinta o cuarenta personas. La nota sale en un recuadrito, a veces con una foto de una calle polvorienta, de un niño con la sangre seca, sucio y no más. Estamos hablando de que todos los días suceden atentados como los de Manchester, los de Paris, los de Londres, solo que en sitios donde pareciera que la muerte no vale lo mismo, que no cotiza en dólares, euros o libras. Solo la Madre de todas las bombas mató a más de cien personas inocentes (aunque quería matar terroristas).

Y en las redes sociales pocos o ninguno colocan sus fotos de perfil con la bandera de Siria, de Yemén o de Irak; Nadie dice “Todos somos Afganistán”. Ningún artista corporativo va a ensuciarse de polvo y arena a hacer recitales a beneficio en esos países. Será que Ariana Grande no tiene mercado allí, será que esos muertos en el fondo son nadie, agua pasada que no toca molinos, que son ni siquiera números… Víctimas silenciosas que no molestan al imaginario occidental, igual que los millones de desplazados, desnutridos y presos sin causa de mi tierra: víctimas que no interrumpe a la grey para que puedan -¡tan benévolos!- compartir fotos de perros abandonados, de gatos en adopción, que no les distrae para que puedan impregnarse del último chimento de la última estrella.

La hipocresía es más grande que la línea del ecuador, envuelve la tierra como un viento vacío que congela las cabecitas de este lado del mundo. Eso sí, cada tanto hablemos de África, por favor ¡ahí es donde podemos sacar licencia de sensibles! ¡Hablemos-de-África! Que es el tercer mundo, sí, pero ¡qué tercer mundo! Hermoso con sus leones, sus jirafas y elefantes, sus documentales de National Geographic, sus zulúes bailando por mejores cazas, su Serengueti, sus niños hambreados de enorme mirada. Por África sí hagamos conciertos, queda uno tan bien…

Me da mucha gracia –por no llorar- que haya gente que dice espantada “¡Se viene la tercera guerra mundial!” como si ya no hubiera llegado hace rato, como si no asolara la Tierra desde hace tantos y tantos años… Pero claro, las guerras mundiales se cuentan solo en caso que entren en conflicto entre sí los vecinos del primer mundo, si la cosa es en la periferia a lo sumo es chusmerío de terroristas, o ataques preventivos a esos salvajes que no saben otra cosa que disparar y explotar por los aires.

Artistas

1200px-mercedes_portadaEscuchamos Cantora, de Mercedes Sosa. Terminamos de cenar y un vaso de buen vino me acompaña. La Negra. La Gran Catalizadora de la Música Popular Argentina. Emergiendo magnífica y humilde entre lo mejor de nuestra cultura. Hay algo de su voz que vibra conmigo, que me expresa. Su disco, este disco último –su testamento según han dicho-, ha reunido acaso los restos del naufragio de nuestra cultura. Mucho de lo hermoso que la música popular argentina dio, de lo mejor de nosotros, está en este disco. Con su generosa sabiduría, la Negra hizo brillar –a veces con una luz propia insospechada– a los que la acompañaron en los dúos. Aquí está un testimonio de que lo argentino no es solo el estereotipo impresentable que tanto nos avergüenza.

Vibración, sintonía. Eso. ¿Acaso Mercedes ha sido la última artista popular? ¿La última que expresaba los sentires de las raíces? Nada tienen para decirme los artistas (¿artistas?) que se suben a las antenas del Capital, los grandes propaladores, los que no cantan la realidad popular sino que vienen a decirte qué pensar. ¿Qué tienen que ver conmigo? ¿Qué tiene que ver con la voz popular aquellos que cotizan en los rankings de los más escuchados?¿Quién decide a los exitosos?¿Quiénes son los que digitan las tendencias de la moda?

Hay una diferencia insalvable entre los artistas populares y los artistas corporativos. Estos últimos –tal vez buenos tipos, pero funcionales en su inconciencia– son objetos de consumo, baratijas brillantes del marketing; son los que suenan en todas las radios, en la televisión. Personeros, empleados que hacen recitales, que bajan líneas útiles para replicar la alienación, propaladores de la dictadura de la alegría, que vienen a decirnos qué sentir, qué pensar… los que vienen a darnos pegadizas órdenes tan dulces y envenenadas. Tremenda ironía de La Negra cantar “La Maza” con Shakira y hacerle decir:

“que cosa fuera -corazon- que cosa fuera
que cosa fuera la maza sin cantera
un testaferro del traidor de los aplausos
un servidor de pasado en copa nueva
un eternizador de dioses del ocaso”

Muchos de estos artistas corporativos cantan en el último trabajo de Mercedes, tal vez impuestos por la industria. Y ella, acaso como un último acto de lucidez o rebeldía los ayudó a sacar lo mejor de si mismos, a mostrar que acaso atrás del cartón pintado del producto comercial que son, hay una persona capaz de vibrar bellamente.

Un artista popular es que el que refleja en su canto los sentires, alegrías y penas de su origen, el que -con errores, preconceptos e ideológicamente- pone el foco en lo silenciado, en lo que el sistema se empeña en ocultar ¿Debe ser su mensaje eminentemente partidario o de izquierda? No, necesariamente ¿Puede alcanzar la fama y el éxito comercial así? Sí, claro. En definitiva es un laburante también. ¿Es lícito que se haga millonario así? Sí, siempre y cuando no se aparte de su naturaleza ¿Puede un artista popular volverse corporativo? Obviamente que ese riesgo existe, nadie está libre de equivocarse. Sobran ejemplos. Un artista popular es aquel que te ayuda a abrir los ojos, a ganar conciencia, a entender tu origen…