La era de la Declamación

Está es la era de la declamación. Todos declaman, todos opinan en todos los foros posibles. Todos marchan, todos publican en las redes, sientan posiciones y eligen una cuota de activismo que maride bien con su auto percepción.Está como la cosa de pertenecer a algo, de fanatizarse con algo y batir el parche… un accesorio, una máscara, tal vez.

Siempre son causas que van como en la ola. El que no es vegetariano es feminista, o está contra las vacunas o es fanático de viajar. Antes era más sencillo tal vez… Hoy hay una diversificación increíble: el mercado ideológico ofrece de todo. Todo emocionante, todo adrenalina pero sin sacar los pies de la palangana.

Hay banderas wiphala, pañuelos verdes, celestes… Pines de Cristina, de Macri, cadenas de oración, minorías sexuales, pedidos en Change.org, perros perdidos en Facebook, peleas express en Twitter, confrontaciones en YouTube. Todo ordenado, prolijo y dentro del sistema, que se esfuerza en poner temas en el candelero para que puedas adoptarlos, sentirte rebelde, libre pensador, incluso un adalid de la izquierda, pero sin dejar de reproducir Capital.

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Amanecer del 17.05

Arranco la mañana escuchando a un viejo músico de mi juventud: El Soldado… herencia de un amigo de esas épocas, esas raras yuntas de las que no niego haber aprendido pero que eran amistades con fecha de caducidad, cosas que dependían de cuánto tiempo iba a estar dispuesto yo a jugar el papel que creía que los otros esperaban de mí.

Siempre fue así, siempre fui una suerte de camaleón mutando de color para agradar: no mintiendo opiniones que no tengo, pero si ocultando mis posiciones contrarias. Creo que es una suerte de mandato familiar, el miedo a quedarme solo, la imagen bíblica de mi viejo… su leyenda de “tipo al que todos querían”, la falta de confianza en mí… Diversas razones. El tema es que sobrellevar una máscara así en un momento cansa y entonces es cuando pego el volantazo sorpresivo que enmudece a propios y ajenos.

Hace mucho me di cuenta de eso y hoy trato de modificarlo, trato de afianzar mis relaciones desde bases verdaderas. Lo bueno –como todo– es que ahora soy plenamente consciente de esta mala manía.

No perder gente a como dé lugar fue casi una obsesión… Y la gente pasa continuamente. La pérdida de mi Viejo y el eterno miedo a perder a mi Vieja (hijo único, y una familia opacada), el preservarme ilusoriamente del riesgo de morir (para no dejar sola a mi vieja), me hicieron ganar ese reflejo, no hay dudas. Pero no podés ser amigo de todos, no podés agradarle a todos y esta norma de supervivencia no es sana.

Estoy viejo pero al menos me di cuenta de esto en salud. Esta política personal me llevó hasta dónde estoy ¿Qué veredas y techos me deparará cambiarla? No tiene caso preocuparse de algo que no existe.

Sin patria

Los argentinos no tenemos patria. Apenas somos un grupo de gente amuchada en un territorio. Los pueblos originarios no reconocen a esta nacionalidad impuesta a sangre y fuego… los descendientes de la inmigración quedamos en una nada intermedia: no somos ni europeos ni americanos. No moriríamos por Argentina, nos identificamos más con la camiseta de la selección de fútbol que con la propia bandera que es pálida, insulsa… no estamos comprometidos con el país, no lo amamos.

Es imposible así construir una nación. La ex presidenta Cristina Fernández decía “la patria es el otro”. Es una frase acertada, pero insuficiente: el tema es que los habitantes de este Estado (¿Fallido?) no construimos un nosotros que nos referencie. Somos un archipiélago de islas pequeñitas y estancas, una región de otros desconocidos, montones de fragmentos de comunidades ajenas, un bosque de árboles trasplantados.

No tenemos identificación con el territorio, lo desconocemos y no nos lo apropiamos (al punto que la mayor parte está en manos privadas extranjeras). Argentina está llena de comarcas despobladas… Sin ir más lejos, las áreas comunes de los edificios de viviendas suelen ser sitios abandonados de cualquier mano, apenas áreas de paso y tregua. Y eso pasa porque no hay comunidad.

Los que descendemos de los barcos (viejo chiste) vivimos añorando el retorno ritual a Europa, el llamado ancestral (de hecho, en los años de relativa bonanza económica, se puso de moda viajar allá como algo que “hay-que-hacer”). También muchos tramitan la doble-nacionalidad y entonces hay algo como del alivio del “volver a casa”.

También estamos los que tenemos familias paternas y maternas de distintos orígenes ¿Con qué tierra vamos a referenciarnos? Recuerdo mi angustia de chico porque no era “ni gallego ni tano”, porque quería ser italiano pero mi apellido era españolísimo. No estaba la nacionalidad argentina ahí para contenerme.

El desafío es construir algo común entre todos estos retazos desgarrados que somos, cosa que veo muy difícil. Vivo con la sospecha que está impostura caerá pronto. Argentina, será apenas un sueño raro de una noche de fiebre: desordenado, confuso, convulsionado. La nacionalidad solo cobra sentido cuando es la lengua común bajo la que nos abrazamos, la cosa solidaria, el techo bajo el que nos reconocemos… Y eso acá no pasa.

Argentina, de seguir así, desaparecerá y quedaremos los argentinos como unos seres entre paréntesis, atribulados, en el aire. Tal vez, si muero de viejo, mis huesos vayan a dar su quimica a otra tierra y será esa ausencia de patria mi propio país.

Otoño con grillos

I

El domingo estaba trabajando con las plantas del balcón y de pronto un rumor de hojas por la vereda, de viento suave entre los árboles. Me dije: “llegó el otoño”. Esta vez con un mes de retraso.

II

El veranito que vino sucediendo hasta ahora nos regaló a los porteños la presencia de grandes grillos. Las noches se poblaron con su canto y uno se duerme bajo su influjo como si estuviera viviendo en un lejano paraje, a salvo del concreto y la rutina.

Capitalismo y núcleo familiar

Contra lo que podríamos pensar la base de las sociedades humanas son comunitarias. La célula básica de la socialización de las personas, la familia, es eminentemente comunista. Todos los miembros de la familia comparten un hogar y recursos económicos en un plano de igualdad: los padres no cobran cánones monetarios a sus hijos por financiarles su educación y su salud, su vestimenta, su alimento. Se reparte a cada uno según su necesidad.

El Capitalismo es una situación que sucede fuera de las familias y sus jerarcas han luchado fuertemente por vencer este bastión solidario. Hoy más que nunca se ve como a partir de estrategias nefastas ha ido minando y corrompiendo los lazos fraternos familiares. El individualismo se ha metido en los hogares irremediablemente al parecer.

Un individuo aislado es un dato y un engranaje flexible que no corrompe la “Libertad del Mercado”. Al no tener “obligaciones” su función en la reproducción del Capital no se ve contaminada. Para que no descubra su soledad, aislamiento y falta de sentido de vida, se le vende la noción de la satisfacción de su deseo como único mandato válido. “Homo consumens” al decir del gran Erich Fromm.

El gran problema es que hoy, ni siquiera las izquierdas salen de esta lógica humanicida, hace rato han caído en la trampa de ser el negativo exacto de las derechas en el Poder.