Versos para Laura

Vuelvo adelante de la lluvia
El refugio lo encontraré
Recién cuando te abrace.
Cuando vea tu sonrisa
Habrá luna para mí

Por más tormenta que haya.

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Atolladero

fall-1432252_640Ya te estabas perdiendo de nuevo Mariano, otra vez estabas dejándote llevar, decidiendo en base a las opiniones ajenas y no a las tuyas. Y de pronto el atolladero, la sensación de desdoblamiento , la fatal situación de sentir que vas por ahí componiendo un personaje como demasiado lejano, tan lejano que -por momentos- se te pierden los caracteres y cuando lees las líneas que te tocan recitar ves que ni siquiera actuando querés decirlas, que esas frases que dijiste hace unos instantes son de otro, y que en el fondo no te interesa tanto eso, que opinaste así porque creíste que el otro esperaba que vos opinaras así o porque le seguís, como un autómata, dando bola a esos modos que te enseñaron de chico que prescriben qué hacer en cada situación.

Otra vez la sensación de estar pero en ausencia, de estar viviendo una no vida o una vida ajena, de andar todo el tiempo fuera de sitio… Pero siempre así: como una sensación, porque nunca registras conscientemente eso que te pasa, así hasta que un día un pico de estrés viene a sacarte de la nube y nuevamente las charlas con tu mujer, la idea de pensar que no estás publicando, que sos escritor desde que tenés memoria y sin embargo nunca un cuento terminado, che, que tenés muchas ideas y poca acción, que tal vez te creíste demasiado el asunto del virtuosismo. Y para hacer una carrera literaria hay que poner más que virtud, hay que sacrificar cosas, restar comodidades, arriesgarse a fracasar.

Van pasando los años y te das cuenta que, muy pronto, esos dolores que inesperadamente te aparecen en el cuerpo son el preludio de una sinfonía de achaques, porque alguien dejó una ventana abierta y entraron 37 años[1] (que se te subirán a la cabeza en enero). Como ya alguna vez escribiste: “la juventud es peligrosa más por lo calladamente que se va, que por los excesos que pueda albergar[2]” y a vos la juventud se te pasó temiéndole a todo, viejo, pero por sobre todo a la muerte y al fracaso; Confundiendo la muerte con el fracaso y viceversa, agrego. No arriesgaste nunca nada, ni siquiera en los momentos en que ser infeliz era tu modus vivendi, tu estado natural de las cosas.

Y ojo que no te estoy hablando en sintonía con el “lucha por tus sueños” del relato épico que siempre trafican Disney, Hollywood y toda esa industria militar sin armas. No, te hablo más bien del asumir las consecuencias de lo que querés, ni más ni menos, sabiendo que el triunfo es una carta rara en el pilón de naipes, que hay un momento en que hay que emanciparse, dejar de buscar padres en todos lados, y meterse a la mar aunque el agua esté helada y caminar, caminar y nadar. El cuerpo se acostumbra a esas cosas Mariano, salí de la quietud, arriesgate, movete.

Evitar vivir no anula la muerte y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Yo se que ciertas ausencias te provocaron grandes dolores. Pero hay un momento en que que ser víctima pasa a ser un vicio, una excusa, y  necesitás reaccionar creativamente, olvidarte de todo lo que aprendiste, buscar tu sabiduría en lo venidero y estar dispuesto a transformarte, che, a ser un hombre nuevo y así todos los días hasta que no la cuentes más.

[1] Parafraseo de algo dicho por el padre de Mafalda

[2] Alguna vez tuviste un blog, Mariano, llamado “No me vas a decir que no”. La frase está en una nota sobre tu adolescencia, acá

Sensación de vejez

Me siento viejo. Me levanto todos los días y cuesta quitar el cuerpo de la cama, removerlo acaso como una mancha, una ignota salpicadura de material en la pared.

Me resulta difícil andar las calles, ir a ganarme el pan. Prefiero la soledad de la casa, observar pasar el día que anda el balcón. No salir. No salir a esta vida que me espera afuera.

La sensación física es solo un reflejo. El tema es mental. Cuando exijo a mi cuerpo, este lo agradece, responde más allá de la expectativa, me recuerda que aún soy joven.

La vida que llevo no me motiva, la actividad que realizo no me enamora. Tal vez no haya nada que me identifique o no necesite encontrar una actividad que me relate. Pero es evidente: esta vida se parece demasiado a una novela leída mil veces: ya no le presto atención al texto ni los párrafos… La noche es solo una palabra y no el maravilloso acontecer de hechos que representa.

No es hastío de vivir, es aburrimiento de esta vida, por suerte. Hay una demanda insatisfecha de vivir plena e intensamente. Un ansia, una semilla pidiendo germinar.

La venganza será terrible

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Alejandro Dolina

Escucho la repetición de las 20 de “La venganza será terrible” mientras escribo. Es un programa que lleva mas de treinta años en el aire de la radiofonía argentina. Inclasificable y maravilloso, es un acto de arte que logra la belleza a partir de cruzar el humor, con la historia, la reflexión filosófica y la música en vivo (esta descripción igualmente no le hace justicia), todo dirigido por el genio impar de Alejandro Dolina (alias “El Negro”)…

“La venganza…” es parte de la banda sonora de mi vida. Me acompañó en las largas madrugadas de mi adolescencia, y sigue siendo mi modelo a seguir en lo que es el humorismo. Acaso por ser un hijo sin padre, tomé retazos del Negro Dolina (en tanto personaje) para constituir mi imagen paterna, para tomarlo como ejemplo… Es de los pocos que puede hacerme reír a carcajadas, incluso cuando con exquisito arte reinventa chistes clásicos del programa que suenan siempre nuevos. Pero si algo aprendí es el hecho de que el genio no es algo que se proclama ni se ejerce: es un trabajo arduo, difícil, serio, en el que el disfrute es el resultado, que de por sí es efímero.

Hoy en día tiene oyentes de todo el mundo. Hace giras por todo Argentina, Uruguay y suele presentarse también en España. Es de lo mejor de mi país. Podré yo vivir en cualquier parte del mundo que, mientras pueda escuchar su programa, voy a sentirme en casa.

Les dejo links a una página con sus programas

Macetas

Una úlcera en la córnea es la llave de una módica libertad. En lugar de viajar hacia mi trabajo, me sumerjo en el caos del tráfico porteño rumbo a la clínica.

Ayer, un esbozo de ataque de pánico. Las ganas de salir corriendo, de renunciar a todo, de vivir haciendo macetas: salir de la zona de confort no es nada glorioso. Llenarse de presiones no implica crecer como persona.

A veces añoro la vida de mi bisabuelo, su bienmerecida tranquilidad de posguerra. Ya está altura de mi vida también quisiera jubilarme como él, sumergirme en el hobby del mosaiquismo y ver pasar los días entre la plaza y el sol del jardín del fondo.