Flores de vida

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 Esta santa teresita que aparece en las fotos es muy especial para mí. Me la regaló mi Abuela poco antes de morir, el año pasado. Ahora que por primera vez florece pienso en ella y esta distancia misteriosa que es la muerte se achica.

Veo las flores recién abiertas y la siento a Dirce conmigo. Y esta planta tan frágil, de pronto es un bastión invencible que no me deja caer cuando la tristeza y la melancolía vienen hacia mí, es un enclave de vida en medio de este territorio de ausencia que tanto me duele y que me acompañará mientras viva.

Homo Consumens /Erich Fromm

Esto decía Erich Fromm en un artículo publicado en 1966

erichfromm“[…]El hombre se ha transformado en homo consumens. Es individuo voraz y pasivo, y trata de compensar su vacío interior mediante un consumo permanente y cada día mayor (se conocen numerosos ejemplos clínicos de este mecanismo, representados por casos de ingestión excesiva de alimentos, compras desorbitadas, consumo excesivo de bebidas, como reacción frente a la depresión y la ansiedad); el hombre consume cigarrillos, licores, sexo, películas, viajes, así como educación, libros, conferencias y arte. Parece activo, “emocionado” y sin embargo en su ser más profundo es una persona ansiosa, solitaria, deprimida y hastiada (podría definirse el hastío diciendo que es ese tipo de depresión que crónica que puede ser compensado eficazmente por el consumo).  El industrialismo del siglo XX ha creado este nuevo tipo psicológico, el homo consumens, y lo ha hecho esencialmente por razones económicas -es decir, por la necesidad de promover el consumo masivo, estimulado y manipulado por la publicidad-.[…]”

Fromm, E.. (2013). Los aspectos psicológicos del sueldo asegurado. En Sobre la Desobediencia(146 p.). Buenos Aires: Paidós.

Triste discurso del desraizado

Nos educaron escuchando canciones en una lengua que no es la nuestra, canciones que hablan de realidades y costumbres que nos son ajenas. Y hemos tratado de parecernos, de adaptar nuestros sentires y tradiciones, nuestras formas de orden, a lo que creíamos que esas canciones cantaban, porque no las entendíamos o porque comprendíamos algún término aislado, porque accedíamos a traducciones (que no siempre les hacían justicia). Y, de pronto, o no tan de pronto sino que progresivamente, nos convertimos en algo a medio camino que no es ni ellos ni es nosotros: huérfanos de una propia cultura, hijos de una tierra silenciada, aprendimos a vernos como extranjeros de nosotros mismos a adoptar otredades y mirarnos desde lejos, despiadadamente.

Y era tan fácil (tan ridículo) comprar culturas enlatadas, tan fácil de pronto querer ser ellos, y digo “querer” porque jamás podríamos llegar a ser ellos… Tan cómodo era no tener que construir nuestra propio hablar que preferíamos culparnos a nosotros mismos, flagelarnos, por no copiar bien lo copiado. Capaz era tan fea nuestra realidad que precisábamos cantar voces no propias como un modo de negar eso que nos disgustaba, como para sentirnos parte de otra cosa, no sé. Ni ellos ni nosotros, nada fuimos, nada somos: solo unos replicadores, apenas mimos, un país con piel de espejo que reniega de su cara, su piel, sus modos o su sangre, sin conocerles.

El día que hipotéticos arqueólogos remuevan nuestros huesos y nuestros cacharros, nuestros libros y nuestra música, acaso creerán estar en otro sitio, o nos comprenderán como una cultura de la réplica, un país que no fue, una alegoría de la planta que, sin raíces, termina perdiéndose a merced del viento de la historia.

Ilusiones

¿Alguien le habrá comentado a los grandes magnates
-con sus grandes aviones, sus largos barcos-
que viven una ilusión?
¿Se les habrá avisado que lo que creen poseer no tiene dueño,
que no existe la posesión allá afuera,
que sus objetos durarán más allá del último hálito que emitan?

¿Les avisaron de la muerte?
¿Que morirán, igual -de solos y absortos- que el más desposeído de los seres?
Digo yo
¿sabrán que van a morir?
¿sabrán que van a morir?

Fábula

forest-1979790_640Un matrimonio vivía a la vera de un bosque. Los registros del municipio refrendaban que ellos eran sus dueños en toda su extensión y unas hectáreas maś allá.

Cierto día, llegó un viajante. Decía venir en representación de una corporación maderera. Les habló de los beneficios de monetizar toda la riqueza natural que los rodeaba y les ofreció una renta mensual considerable a cambio de los derechos de tala.

Cuando el viajante se marchó, y luego de una larga conversación, la mujer y el hombre decidieron aceptar la propuesta: estaban haciéndose grandes y ese dinero no vendría mal para el futuro.

El tiempo fue pasando y los pagos de la maderera se acumularon. Tenían una pequeña fortuna que les permitía mudarse a la ciudad, a un departamento donde la calefacción centralizada les ahorrara el trabajo de juntar leña. La vida urbana los ganó. Apenas visitaban el bosque. Guardaban los billetes y los títulos de propiedad en un baúl antiguo: no confiaban en los bancos ni en las transacciones electrónicas. El almanaque transcurrió dulcemente entre viajes, cenas y lujos.

Varios años después, mientras volvían de un paseo vieron el elegante edificio en el que vivían asolado por el fuego. Una larga columna de humo negro se estiraba hacia el cielo: como los otros, su departamento fue consumido por completo, con todo lo que había en él… incluidos los billetes y los títulos de propiedad.

Desolados, decidieron volver al terruño: a la vieja casa.

El bosque era tierra arrasada: una sucesión de troncos cortos hundidos en la tierra. Ahora entendían por qué los pagos se habían ido espaciando cada vez más. Nada les quedaba: habían trocado la riqueza real y palpable del bosque por papeles pintados, por ilusiones que el fuego consumió. Sabedores o no de la moraleja, sentados sobre uno de los árboles talados y  despojados de todo, los dos viejos miraron el amplio cielo oculto antes por los árboles y sin mediar palabra, se pusieron a llorar.

Marcelina 4. Un milagro cristiano

funerale_20120617_2021343092Cuando alguien moría en San Giorgio, lo normal era trasladar caminando el féretro, desde la Iglesia al Cementerio, cargado al hombro por un grupo de hombres. Imagino que todo los habitantes formarían parte del cortejo fúnebre. Siendo un pueblo pobre, así serían también los cajones: sencillos, económicos, modestos.

Marcelina era chica cuando vivió lo que voy a contarles. Habrá sucedido antes del comienzo de la Guerra y después de la historia del Ajenjo. En este caso también entra a tallar la superstición, aunque de un modo grotesco.

Llevaban a enterrar a un viejo, cinco o seis familiares cargando el cajón. Atrás iban las mujeres, los niños. Delante de todo, el párroco dirigía los rezos, quizá cargando una cruz de plata. Habían pasado una noche velándolo, por lo que muchos irían cansados. A la letanía de la oración hay que agregarle algunos llantos, el sonido de los pasos en el suelo terroso.

De pronto un murmullo, el cajón que empieza a temblar como si quisiera escaparse de los brazos de los penitentes. Marcelina mira todo desde una esquina. Se oyen gritos. Los hombres, fuertes, con mandato de valientes, entran en pánico y sueltan el cajón rebelde que cae al suelo con gran estruendo: la tapa se quiebra y se desclava. Las mujeres y los niños corren en todas direcciones, a los gritos. El cura también. Los ancianos van más rezagados pero escapan igualmente.

Desde adentro del cajón, desesperado, irritado, se abre paso el viejo que habían velado y que, por error, habían creído muerto. “¡Hijos de Puta!” grita (en furlan), blandiendo el puño al aire y ataviado con la mortaja, corre tras la muchedumbre que, aún venerando a Cristo Resucitado, le teme a este hombre víctima de la catalepsia o de un sueño muy profundo, quien sabe.